Carreteras secundarias. Praga, final de trayecto.

“Lo mejor que puedes traer de un viaje es a ti mismo, sano y salvo”. Proverbio persa.

“Todo viaje es un viaje interior, te ayuda a conocerte a ti mismo, por eso puede resultar transformador. Quizá puedas volver sano y salvo, pero a lo mejor ya no eres el que salió”. Un pensamiento tonto mientras se aleja el bus.

 

Museo de Kafka, Praga.

Museo de Kafka, Praga.

Nos levantamos más o menos temprano (según el horario español) y nos dirigimos al centro de la ciudad a degustar un sabroso desayuno. Las pastelerías nos seducen y nos tomamos un café y yo compro varios panes dulces para el camino. Ayer por la noche había fichado una tienda de vinos y, después de comprar algunos regalos, me encamino raudo a abastecerme del preciado líquido. Compro tres botellas y me siento seguro. Volvemos a por nuestras cosas y en el hotel rompo una botella. El líquido rueda por el suelo mientras el olor a vino invade la habitación. Durante unos minutos me quedo atónito, mirando al infinito, inmóvil, sin saber que hacer. M reacciona con presteza, recoge el vino y los cristales y nos vamos.

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Ponemos dirección a Praga, nuestro destino. Queremos llegar a Pilsen lo antes posible y, si la ciudad es bonita y nos liamos mucho, igual hasta nos quedamos. Cruzamos la frontera alemana sin darnos cuenta y circulamos a gran velocidad por las autopistas de dos carriles gratuitas. Hay bastante tráfico, el paisaje es bastante monótono y, si hacemos caso a las continuas quejas sin fin de M sobre como conducen los alemanes, un poco estresante. Desplazándonos a una velocidad de 150 km por hora nos adelantan un sinfín de coches cuya velocidad rondará los 200 km/hora. Se cruzan, no van por el carril que les corresponden y no son muy amables. Uno incluso se atreve a pitarnos y hacernos un gesto en el cual expresaba con claridad quo opinaba de la forma de conducir de los extranjeros en general y de M en particular. La siguiente media hora fue una cascada de insultos y opiniones perversas, y graciosas, sobre los conductores alemanes en general y sobre el amable conductor del gesto en particular. Solo nos detenemos en una gasolinera a recargar y descargar. Pasamos por zonas de vinos, lo se por los racimos de uvas en los carteles, pero no entiendo ni una sola palabra. Antes de lo esperado llegamos a la frontera checa. Es un paso algo sinuoso, herencia de los rusos, pero no hay gendarmes ni controladores. Estamos en la república de Chequia. La carretera es igual, de dos carriles y gratuita. Casi no hay tráfico y por la sonrisa de M deduzco que conducen mejor.

 

Cementerio judio, Praga.

Cementerio judio, Praga.

Por el camino me acuerdo de mi amigo J. Hace años, cuando todavía era joven, J, otro amigo, mi hermano y yo alquilamos un coche y recorrimos toda Europa durante todo un mes. Uno de nuestros destinos fue Praga. Cruzamos la frontera alemana viniendo de Dresde. Por aquel entonces había gendarmes y personal del ejercito en la frontera. Las carreteras eran bastante peores. Atravesábamos pueblos destruidos, viejos, deshechos. La sensación era de pobreza y de años de privaciones. Al llegar a Praga descubrimos una de las más hermosas ciudades del mundo. Alquilamos un apartamento y pasamos dos espléndidos días, conduciendo arriba y abajo por las calles semi abandonadas e imperiales. Nunca jamás pude pensar que iba a volver a Praga en coche, eso es cosa de jóvenes. Rodando por las carreteras checas me acordé mucho, y durante todo el viaje, de J y del mítico viaje a través de nuestro viejo continente en un coche alquilado. Quedamos muchas veces para hablar, contarnos las mismas aventuras, para explotar nuestra amistad. J siempre me pedía los negativos de las fotos y nunca llegué a dárselos. Siempre habrá otra oportunidad, otra cena, otra reunión. J está muy grave en el hospital, un tumor le ha aniquilado. Vuelvo a Praga en coche y pienso que es una bonita despedida, un homenaje a los buenos momentos vividos juntos, a todas las risas compartidas en los mas baratos garitos que encontramos. Durante todo el viaje me acompaña su recuerdo. Mi primer brindis será por ti, compañero.

Llegamos a Pilsen y aparcamos algo alejados del centro. Todo está viejo y con la sensación de abandono. A pesar de las casi tres décadas transcurridas la ciudad no ha logrado sacudirse la penosa herencia de los rusos. Deberíamos ser conscientes de que ciertos acontecimientos dejan secuelas de larga duración. M está intranquilo, no le gusta el aspecto deteriorado de la ciudad, e insiste en continuar viaje.

M-Esto no me gusta un pelo, creo que nos vamos.

T-Estamos en Pilsen, ciudad famosa por el método pinsen de elaboración de cerveza. ¿De verdad nos vamos a ir sin beber una?. Además, podemos hacer buenas fotos.

A regañadientes M me acompaña hacia el centro. Es fotógrafo y no puede vivir con la idea de no hacer una buena foto. La ciudad parece recubierta de una pátina de tristeza y/o pereza. Sin embargo, nos llevamos una agradable sorpresa. El centro es precioso, en especial la plaza de la República, donde se encuentra la coqueta catedral de San Bartolomé, rodeada de coloridos edificios. El paseo es delicioso y nos sentamos en una terraza y nos pedimos dos cervezas pequeñas. El tamaño pequeño de cerveza no existe en Chequia. Disfrutamos gozosos del frío brebaje y cuando pago me piden menos de 1,5 euros por las dos cervezas en la terraza enfrente de la catedral. Volvemos hacia el coche bajo el cálido roce del sol otoñal. Me despido con pena de Pilsen mientras hago muchas fotos. Es un lugar genial para conocer, todavía virgen. En poco tiempo será destrozado por los turistas. Por gente como yo.

En menos de una hora llegamos a Praga. El navegador nos deposita sin error en nuestra calle. La mujer de M nos saluda feliz desde el balcón y acude a echarnos una mano. Tardamos 45 minutos en vaciar el vehículo, la colección de sombreros de M requiere un cuidado especial. Nos aseamos un poco y cuando estamos listos bajamos a una tienda de vinos a descubrir los productos nacionales. Paseando sin prisa llegamos a la plaza del reloj astronómico. Está tan abarrotada de turistas que no podemos entrar. Cruzamos el puente empujados por el inmenso gentío. Prácticamente no se puede andar. Las calles que yo conocía, algo sucias, algo descuidadas, algo envejecidas, han desaparecido. Todo esta lleno de restaurantes de comida rápida, terrazas, tiendas da recuerdos, puestecitos de fruslerías. Nada de esto estaba en mi recuerdo. Pronto llegaré a la conclusión de que lo más bonito son los barrios más alejados donde los turistas todavía no han ejercido su destructiva conquista. Pasearé sin rumbo intentando volver a amar la melancólica y desmoronada belleza de la ciudad perdida en mi memoria sin conseguirlo. Observaré las inmensas jarras de cerveza elaboradas al método checo, fermentadas a baja temperatura con el inigualable sabor del lúpulo de Zatec (Saaz) pensando en el potencial artículo para el blog. Me quedaré asombrado de la cantidad de tiendas especializadas en venta de vino, abriré bastantes botellas con la agradable sorpresa dada por el vino bien hecho, intentando descifrar sin ningún éxito las etiquetas. Montaré con mis propias manos la cama de Ikea donde dormiré el último día. Montaré muebles hasta tener callos en las manos, yo, que nunca he montado ninguno, nunca he sabido leer las instrucciones. Finalmente M me acompañará hasta el autobús del aeropuerto en la destartalada e impresionante estación de trenes, nos abrazaremos y nos despediremos con una sonrisa y el persistente dolor del adiós. Eso pasará en los próximos días. Hoy vuelvo algo triste a casa. Es el precio del éxito, la pérdida de identidad. La masiva entrada de dinero y el desarrollo turístico descontrolado tiene un precio. En el apartamentazo de M abro uno de los vinos alsacianos. Lleno mi copa y la levanto en un brindis. No me he olvidado, nunca te olvidare.

Brindo por ti, amigo.

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