Sección sin título. Los mejores vinos del mes.

“A tus amigos no les importa si tu casa está desordenada. Les importa que tengas vino en cantidad suficientes”. Copiado y mal traducido de la cuenta de twitter @vinomofo.

 

En mi círculo de “entendidos” de vino (siempre entrecomillo lo de “entendidos”, en realidad solo somos bebedores que odian beber en soledad) todos coincidimos en la misma idea; degustar vino es una actividad intelectual y posiblemente espiritual mucho más que un placer físico. Obviamente el vino está bueno, eso lo saben los millones y millones de personas que beben, han bebido y beberán el estimulante líquido alcoholizado y, a lo largo de los tiempos, ha tenido muy buena prensa durante toda la historia. Aparece en los primeros textos escritos como herramienta para contactar con los dioses, de hecho, uno de los principales profetas brindo con sus colegas en una famosa cena conocida como “la última”, todos los escritores desde la antigüedad hasta nuestros días hablan de la capacidad del vino para abrir los corazones (y las carteras) de los humanos y si atendemos al aporte calórico en la dieta y su importancia para calmar la sed sustituyendo al agua en malas condiciones (y por lo tanto en la salud pública) un alimento imprescindible para la supervivencia.

Vale, eso está genial, produce un efecto denominado ebriedad (a nosotros nos gusta más “niebla amistosa”) una perturbación pasajera producida por la ingestión excesiva de bebidas alcohólicas que provoca exaltación y enajenación del ánimo (voces altas, risas descontroladas y la eliminación de barreras emocionales y educacionales más conocido en el argot de los “entendidos” como “estar pedo”) y ha sido importante históricamente como complemento de la dieta, pero a día de hoy eso parece poco, mucho menos cuando nos reunimos un grupo de frikis y debemos dar (y sobre todo darnos) una explicación sobre nuestra obsesión religiosa y nuestra fervorosa admiración sin mancha hacia el zumo de uva fermentado y los sacerdotes capaces de entender el entorno y producir el líquido mágico.

 

Intentemos responder a la pregunta, ¿por qué somos tantos los obsesionados por el vino? O mejor, ¿qué nos da el vino, qué nos empuja a gastarnos fortunas en una botella, por qué viajamos y hacemos fotos a los lugares únicos, trocitos de tierra insignificantes para los profanos, por qué idolatramos sin fisuras a humildes agricultores?. En los tiempos postmodernos en los que vivimos existe una respuesta comodín; en el teatro ves gente desnuda persiguiéndose dando alaridos, en el museo fotos de una cama deshecha realizada por el artista solo despertarse, insensatos tirándose desde un puente atados por los tobillos, turistas disfrazados de viajeros visitando lugares que no saben pronunciar, cincuentones en el abismo de la decrepitud practicando deportes de épica resistencia….en fin, somos coleccionistas de experiencias con la única esperanza de sentir una emoción.

 

La D.O. Monterrei posee características diferenciadoras del resto de denominaciones de vino gallegas. Situada al sur, haciendo frontera con Portugal, pertenece a la cuenca del río Duero, donde desemboca el río Támega, que cruza la denominación de norte a sur. El clima es mediterráneo templado con influencia continental, con veranos muy calurosos y secos e inviernos fríos. En época de maduración hay grandes contrastes térmicos.

El suelo es muy variado, siendo tres los más destacados:

-pizarrosos y esquistos: acumulan agua en el subsuelo y son idóneos para vinos tintos elegantes y aromáticos.

-graníticos y arenosos: degradación de rocas graníticas con Ph muy bajos ideales para los vinos blancos

-sedimentarios: mezcla de suelos.

 

La D.O. Monterrei es casi desconocida para el público y para muchos profesionales. A pesar de su larga historia de producción de vino, evidencias arqueológicas demuestran la elaboración de vino en la época romana y la expansión del cultivo a lo largo de la Edad Media, a finales del siglo pasado, debido principalmente al cierre de la Bodega Cooperativa de Monterrei y al abandono de las viñas por la baja rentabilidad, casi suponen la pérdida del viñedo. En los años noventa algunos viticultores apuestan por la calidad, consiguiendo el reconocimiento como denominación de origen en 1994 y el resurgimiento de los vinos de la zona.

Uno de estos elaboradores es José Luis Mateo. En 1991 echa a andar un proyecto con una filosofía clara, la búsqueda de las características propias del entorno privilegiado que les rodea, respetando la personalidad de cada finca, la tradición elaboradora y la acusada personalidad de las variedades autóctonas. En la actualidad trabajan una 25 hectáreas, 15 en propiedad y el resto alquiladas o con supervisión directa, repartidas en 36 parcelas en distintos puntos de la denominación.

El trabajo dura todo el año. La atención de las viñas es personal y todo se hace a mano, sin ayuda de ningún agente químico (posee certificación de trabajo en ecológico desde 2005) puesto que, como bien dice el mantra, el vino se hace en el viñedo. A lo largo de los años ha ido aprendiendo las posibilidades de cada variedad y de cada parcela, trabajando meticulosamente, obsesionado con la perfección, con la idea de poder meter dentro de una botella una interpretación fiel de su terruño (entendido como el lugar del que uno procede y que te ha hecho como persona).

 

El año pasado acudí a una feria de vinos. La selección de elaboradores era excepcional y representaba de una forma cabal lo mejor de la producción en España. En una mesa estaba José Luis con una selección de sus elaboraciones. Caté uno de sus vinos y ahí estaba; una sensación como de humedad en los ojos y nudo en la garganta, una intensa admiración, la sensación de estar ante un logro admirable. Una emoción en estado puro. Me aparté un poco de la mesa y me dejé arrastrar por la sensación narcotizante de ser testigo de la consecución de un éxito al alcance de muy pocos. Volví a la mesa y seguí degustando el resto de vinos. José Luis esperaba mi opinión con humildad sincera. Como no podía expresar con palabras lo que sentía, no me molaba que el resto de los invitados pensara que estaba como una cabra, le dije que era un vino excepcional, muy por encima del estándar al que estamos habituados y uno de los mejores que había probado, no solo esa noche, sino en mucho tiempo. Agradeció mi comentario y me invito a probar los vinos de la añada vigente; no estaba muy contento con el resultado y no sabía si los vinos tenían la calidad necesaria para salir al mercado. Los caté y me parecieron excepcionales.

Es relevante la actitud de este honrado elaborador; a pesar de la calidad incuestionable de sus elaboraciones, si el cree que no están a la altura de las expectativas del público que va a pagar un buen dinero por sus vinos, no los saca al mercado. Aunque supongo que es más el nivel de autoexigencia y la meticulosidad en la búsqueda de la perfección lo que le hacen dudar y no le permiten juzgar su propio trabajo. De la bodega salen unas 75.000 botellas cada año. Muchos piensan que José Luis Mateo es uno de los grandes elaboradores mundiales. No puedo estar más de acuerdo.

la foto 1

Gorvia Tinto 2012, D.O. Monterrei, Bodega Quinta da Muradella.

Variedades: 95% Mencía, y el restante 5% entre Bastardo y Caiño Tinto procedentes de la misma finca, Gorvia. Crianza: 14 meses en barrica. Producción: 4000 botellas. Precios: sobre 28 euros.

El mosto fermenta lentamente durante tres meses con sus propias levaduras, envejece durante 14 meses en barricas de roble para terminar en depósito otros 5 meses.

 

Gorvia Blanco 2011, D.O. Monterrei, Bodega Quinta da Muradella.

Variedad: Dona Branca. 8 meses de crianza en barrica de roble francés.

Las uvas, procedentes de la finca que da nombre al vino, son despalilladas y se someten a una maceración en frío. Fermentan en barricas de roble usadas de 500 litros con sus propias levaduras y envejecen en barricas de 300 litros durante 8 meses.

Todo el proceso se realiza de forma manual, incluido el embotellado, la puesta del corcho y a veces el etiquetado. Precio: sobre 27 euros.

 

El vino blanco lo abrí después de haber catado varios vinos blancos alemanes relativamente viejos (2007 y 2008) de uva Riesling bastante conocidos. Todos nos quedamos asombrados de como, desde el primer sorbo, olvidamos la magnifica acidez y complejidad de la Riesling envejecida para dejarnos transportar por la sutilidad y magia del vino gallego. Impresionante.

Con el tinto fui más egoísta y lo consumimos entre dos. Como dicen en la película “Entre copas”, ciertos vinos hacen de un día normal un día especial. Emocionante, nos regalo un viaje a otros lugares.

 

Dos vinos imprescindibles.

TERROARISTA

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