The Wire, The Gin Craze, Shakespeare, La Iglesia, los antiguos griegos y sus descendientes romanos. Una (corta) historia sobre cómo el éxito social transforma los hábitos de consumo.

 

“Criado– Ahora os lo diré, sin que me lo preguntéis: mi amo es el riquísimo Capuleto; y si no sois vos de la casa de los Montesco, os ruego vengáis y vaciéis una copa de vino. ¡Que os divirtáis!”. Romeo y Julieta, William Shakespeare.

The Wire.

La serie de la cadena HBO “The Wire” consigue un logro espectacular al alcance de muy pocas creaciones humanas, atrapar momentos de realidad. La serie comenzó a emitirse en 2002, una historia contada en 60 episodios repartidos en 5 temporadas. Los años pasan en la ciudad de Baltimore mientras vemos pasar políticos corruptos, policías honestos, pocos buenos trabajadores, grupos sociales marginados, traficantes fríos como peces, asesinos eficientes, profesores humanizados, ciudadanos preocupados y su contrapartida, políticos trabajadores, policías corruptos, pocos malos trabajadores, grupos sociales triunfadores, traficantes con familia, asesinos chapuceros, funcionarios ineficientes, triunfadores ajenos al sufrimiento de los demás y por encima de todos “los chicos de las esquinas”. Los personajes son complejos, con luces y sombras, todos tienen defectos y virtudes, todos son humanos. Infieles, bebedores, cínicos, supervivientes, cada uno tiene su propia ética, sus propios valores. La lealtad está más extendida en las clases marginales que en los intrigantes juegos de poder de las clases altas. Los políticos corruptos dan asco, los asesinos terror, cualquier círculo de poder ejerce el miedo entre sus súbditos. No oculta la crueldad de “los chicos de las esquinas”, colectivo vulnerable y cantera de asesinos y traficantes. Sin dramatismos demuestra que ellos son las primeras víctimas. Violencia, droga, malos colegios, falta de esperanza… la calle es la única salida a la desesperación. El tiempo de éxito del traficante es corto, su destina es acabar muerto en la calle o en la cárcel. Por otro lado están los yonquis, adictos que se buscan la vida con pequeños trapicheos o hurtos, vendiendo su cuerpo o información a la policía o al mejor postor, terminan siempre con una chuta en el brazo tirados en una esquina y recogidos como lo que siempre han sido, basura.

Es la vida atrapada en una película. Para muchos es la mejor serie de la historia y una de las más grandes obras de ficción jamás creada. No puedo estar más de acuerdo; sin duda, es lo mejor que he visto.

Los protagonistas adquieren hábitos de consumo de alcohol siguiendo un patrón que se repite a lo largo de los siglos. Los políticos, altos funcionarios, todos aquellos amparados bajo el paraguas de “las élites”, quedan en bonitos restaurantes para darse puñaladas sin sangre mientras agarran preciosas copas llenas de vino o acuden a presuntuosas reuniones donde uniformados camareros acarrean innumerables copas de champagne. Los policías y trabajadores manuales beben hasta la extenuación cervezas y licores de alta graduación en las barras de los bares o en los coches. Los grandes traficantes, negros de la calle que han ascendido en el mundo delictivo hasta la categoría de gansters, pasean en grandes coches por sus reinos y beben wiskey o wisky en bonitos vasos tallados con unos hielitos. Son poderosos pero están fuera de la sociedad, no hay vino para ellos.

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Existen grandes grupos de ciudadanos, profesores, funcionarios intermedios, una cierta clase media acomodada, con menos consumo, que beben indistintamente vino y cerveza. Este patrón, con la élites bebiendo vino y las clases más bajas cerveza u otra bebida, se repite casi sin cambios a lo largo de la historia.

The Gin Craze, la gran locura de la ginebra.

A principios del siglo XVIII era fácil encontrar un producto destilado de bajo precio en cualquier parte de Londres. Las clases trabajadoras apenas tenían para comer y preferían dedicar el escaso dinero a ingerir algo parecido a la ginebra con unos 80 grados de alcohol. La ley permitía elaborar ginebra a los particulares y floreció la destilación y el comercio. La ginebra de calidad venía de Holanda y era conocida como jineber, una bebida de no muy alta graduación, sobre 30º, aromatizada con bayas de enebro. A pesar de todos los esfuerzos fue imposible para los ingleses imitar la sutil y refinada elegancia del producto holandés. Realmente no importaba. El alcohol más destructor se mezclaba con trementina, aceite de vitriolo y otros venenos. Quitaban el horrible sabor añadiendo azúcar y algún aromatizante. Se estima que existían 7000 tiendas de ginebra, una de cada cuatro tiendas de cualquier cosa en todo Londres, sin contar todas las tiendas clandestinas con destilaciones ilegales. Los resultados fueron letales. Uno de cada cuatro habitantes de la ciudad estaba en perpetuo estado de embriaguez. Los barrios pobres estaban adoquinados de cuerpos exangües, niños alcoholizados, niñas vendiendo su cuerpo por un trago. Los actos de violencia y crimen se extendieron rápidamente. En 1734 la situación llegó a extremos difícilmente soportables; una mujer mató a sus dos hijos pequeños para vender la ropa y poder comprar un trago de ginebra. Varias regulaciones persiguieron el fraude y gravaron la producción de alcohol, evitando poner en mano de los más desfavorecidos bebidas de alta graduación a bajo precio.

Y los ricos, ¿a qué dedicaban su tiempo?. Los continuos desacuerdos y guerras con Francia impedían la importación de los exquisitos productos franceses, por lo cual buscaron otros proveedores y fueron seleccionados las zonas de Oporto y Jerez. El impulso económico generado por el comercio con Inglaterra ayudo a transformar estas dos zonas productoras en lo que actualmente son, dos de las mejores denominaciones de origen del mundo. Mientras las clases dirigentes y la aristocracia bebían sofisticados vinos extranjeros el ejercito de pobres sucumbía con alcohol adulterado.

Dibujo de William Hogarth.

Dibujo de William Hogarth.

Dos amantes. Escultura de plomo con grifos.

Dos amantes.
Escultura de plomo con grifos.

 

El vino en la obra de William Shakespeare.

En un buen número de obras del escritor ingles el vino interviene como herramienta dramática para enfatizar o describir una situación. El vino aparece como bebedizo sanador, elemento de burla cuando se toma en exceso, potente estímulo de la felicidad, obsequio hacia alguien a quien se quiere adular, el complemento indispensable en las fiestas y buenas mesas y como objeto diferenciador de las clases altas. Mientras en las tabernas el vulgo ingiere cerveza los grandes personajes de las más reconocidas obras, reyes y aristócratas, disfrutan del mosto de uva fermentado. En sus páginas los príncipes daneses (Hamlet), los abyectos traidores y asesinos de altas esferas (Macbeth), los risueños amantes (Romeo y Julieta), los invencibles emperadores y sus obscuras familias (Julio Cesar y Bruto), la pareja de amantes más atractiva de la historia (Antonio y Cleopatra), etc. beben vino en escenas importantes de las obras. Pero quizá la más clara referencia a la bebida de las clases bajas en comparación con las élites aparezca en la obra “Taming of the Shrew”, donde engañan a un pobre sirviente trastornado por el consumo de cerveza convenciéndole de pertenecer a la aristocracia.

SLY (despertándose)– Por amor de Dios, una jara de cerveza ligera.

Sirviente 1.– ¿Le apetecería a vuestra señoría beber una copa de jerez?
…

SLY– Soy Christopher Sly, no me llaméis merced ni señoría; no he bebido jerez en mi vida y si me dais conservas, que sean de buey nunca me preguntéis los trajes que voy a llevar, porque no tengo más jubones que espaldas, ni más medias que piernas, ni más zapatos que pies y, a veces, más pies que zapatos, o zapatos tales que se ven los dedos.

Los divertidos escritos del gran autor nos desvelan una vez más la realidad social, el vino esta indisolublemente unido a la buena mesa de los ricos y a sus celebraciones.

La Iglesia y los (no tan) obscuros tiempos medios.

La caída del gran imperio del vino (conocido en la literatura especializada como el Imperio Romano) y la llegada de los bárbaros con sus costumbres sin civilizar, nos trajo en advenimiento de un nuevo imperio (no denominado por los especialistas el imperio de la cerveza). La cultura y el conocimiento permaneció escondido en reductos pequeños, los monasterios cristianos, donde con cuidado y dedicación los monjes dedicaban su tiempo a traducir textos antiguos, escribir preciosos libros y educar a las clases dirigentes. El ascenso en el poder del Monasterio de Cluny creció directamente proporcional a los clientes que venían a recibir instrucción. Casi todos los reyes, señores feudales, papas, intelectuales y científicos pasaron por Cluny o por alguna de sus sucursales repartidas por la Vieja Europa. Una parte de los monjes de Cluny, algo artos de la observar como se abandonaban las prácticas que rigieron la orden en su principio, se escindieron y fundaron la Orden del Cister. Este hecho resulto crucial. Estos buenos hombres dedicaban 8 horas a dormir, 8 a rezar y 8 a trabajar, en especial el campo. Elaboraban vinos que fascinaron a los poderosos de la época. El vino y la religión cristiana están indisolublemente unidas. El rito principal de la liturgia cristina exige desde su origen el uso de pan y vino. La fundación de un nuevo monasterio llevaba aparejado la plantación de viñedo. Los principales aprendían en los monasterios y degustaban el maravilloso vino. Las grandes abadías de Borgoña guardaban en sus bodegas elaboraciones para papas y reyes. El vulgo disponía de cerveza en las cantinas y tabernas.

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El Banquete de Platón. De cómo las antiguas costumbres han perdurado casi sin cambios hasta nuestros días.

Un grupo de amigos, personajes insignes de la ciudad, quedan para celebrar el éxito de uno de ellos. Representan a lo mejorcito de la ciudad, soldados, poetas, filósofos, médicos…Se reúnen en torno de una crátera, vasija grande utilizada para mezclar el vino (en Grecia y Roma no tomaban el vino puro, siempre se mezclaba en una gran vasija, principalmente con agua de mar y especias). De hecho este tipo de reuniones recibían el nombre de simposio, literalmente, reunión de bebedores. El simposiarca, generalmente el anfitrión, elegía cual iba a ser la proporción de agua en el vino. Una parte de vino con una parte de agua salada era poco habitual, siendo lo más usual 2 o 3 partes de agua por cada parte de vino. En las grandes mesas siempre había algo de comida para agasajar a los invitados, de ahí que una de las traducciones al español de la obra sea “El banquete” aunque probablemente sea igual de correcta “El Simposio”.

La obra tiene formato de diálogo, el método pedagógico utilizado por Sócrates para educar a sus discípulos. A lo largo de la obra los protagonistas cogerán la palabra y disertarán sobre un tema en concreto.

Erexímaco, el mejor médico de la ciudad, propone hablar del amor. Los invitados escucharan y cuando llegue el momento cada uno dará su opinión; en los discursos especulan sobre el amor físico, el del alma, de cómo el amor conduce a la virtud y a lo bello, plantea la duda del amor vulgar y el amor elevado que persigue la perfección del amado, etc. El último de los invitados en hablar es Sócrates. En unos pocos párrafos sentará las bases de lo que en el futuro entenderemos como amor platónico y nuestra compresión del sentimiento más común, hermoso y perturbador . Pocos libros en la historia humana han tenido una influencia mayor en el pensamiento, la filosofía, la ética y la religión. Gigantesca obra maestra de la literatura universal.

Mientras Sócrates esculpía la idea del Amor para legarla a las futuras generaciones occidentales las clases más baja acudían a las tabernas, locales muy extendidos en las ciudades griegas (y romanas). No tenemos información precisa de que tipos de “juegos” o “intercambios” ocurrían en estos lugares dispensadores de alcohol, pero sí sabemos que bebían, vino de baja calidad y cerveza. El resto de sus actividades en estos tugurios no están muy claras, pero lo podemos imaginar, eran exactamente iguales a nosotros.

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Conclusión.

A lo largo de la historia siempre han bebido vino los que han podido pagarlo, es un símbolo de prestigio social. En la época actual aquellos que ascienden en la escala social cambian de hábitos y según ascienden en la jerarquía social aumenta el consumo de vino en las reuniones con amigos o compañeros de trabajo, exactamente igual que hace miles de años. Los faraones tomaban vino, los emperadores romanos, los señores feudales, los empresarios de la revolución industrial bebían vino. El actual presidente de los EEUU tiene una bodega y, mientras presume sin jactancia de la calidad mundial de sus vinos, agarra la copa por el sitio inadecuado y disfruta del dulce regalo de la vid (y de los dioses antiguos).

 

TERROARISTA